
Davos escenifica simultáneamente el nacimiento de un nuevo orden y nuestra imposibilidad de detenerlo. En el mismo edificio, con horas de diferencia, Jared Kushner, promotor inmobiliario, yerno y enviado especial del presidente, proyecta un PowerPoint con rascacielos, hoteles y “oportunidades de inversión” sobre un territorio devastado: 70.000 muertos, un 80% de viviendas destruidas. Habla de “cambiar la mentalidad”, la fantasía neoliberal en su forma más pura. No hacen falta derechos; solo integración en los flujos de capital. Dame tu tierra frente al mar y te daré un infraempleo en el hotel que construiré sobre la desmemoria de un genocidio y los escombros de tu casa. “Cambiar la mentalidad” es el eufemismo contemporáneo de “civilizar”. Trump presenta una “Junta de Paz para Gaza”, una mini-ONU privatizada con asientos a 1.000 millones de dólares. “Los conozco a todos, son mis amigos”, dice sin esconderse. Un poco antes, el primer ministro canadiense, Mark Carney, invocaba a Václav Havel y recibía una ovación en pie. El poder de los sin poder es un texto fundamental para entender cómo funcionan los sistemas de dominación, que no se sostienen solo por la fuerza ni por la convicción ideológica, sino por millones de pequeños actos de conformidad. El melifluo gobernador de California, Gavin Newsom, trabaja activamente para bloquear una medida que haría pagar más impuestos a los billonarios, pero viene a Davos a decirle a Europa que hay que tener “más huevos”. Y los europeos… ¡ay, los europeos! António Costa, con la cobardía léxica de Bruselas, expresa “serias dudas” sobre la compatibilidad del plan con la Carta de la ONU. Seamos claros: la Junta viola el derecho internacional, margina a las instituciones multilaterales, trata un territorio ocupado como un solar edificable y excluye a su mermada población de las decisiones sobre su futuro.
