Después de haber hecho 50 largos, me quité el gorro de goma y las gafas empañadas. El agua de Madrid, esa comunidad autónoma que está convenciendo a todo un país de que lo pagado por todos no hace falta, también es buena para flotar en ella. Por los ventanales entraba la luz de un día tan limpio como helado. Pulsé un sensor y un chorro me cayó encima con ímpetu. Ardía, pero no quemaba. Me maravillé ante el milagro del vapor pagado con mis impuestos y gocé durante un buen rato. Sentí flojera en las piernas y el cerebro reblandecido y, mientras me desenredaba el pelo, me acordé de que Trump firmó en abril una orden por sus santos cojones para subir la presión del agua de las duchas calientes. Jugada maestra. El placer hace digerible el sadismo. La tensión que había acumulado en el cuerpo y las ideas funestas a las que les había dado vueltas escuchando las noticias enloquecidas se habían quedado en el fondo de la piscina y, aun así, no conseguí dejar de pensar en el hombre que se ha adueñado de nuestras cabezas. El que dice que el único límite para sus acciones es su imaginación y su moral. Kafka fue a nadar la tarde que Alemania le declaró la guerra a Rusia. Yo fui por la mañana, la semana que Estados Unidos bombardeó Venezuela. Regresé a casa paseando por la Ciudad Universitaria: había corredores dejando que los colmillos del sol de invierno les mordiesen los músculos y parejas paseando a sus perros ufanos. Silencio entre los templos del saber. Las marcas que las balas de la Guerra Civil dejaron en la piedra de los edificios de la avenida Complutense aún estaban ahí. ¿Cuántas bombas hacen falta para derruir una universidad pública? Pero yo seguía intentando driblar el mismo pensamiento intrusivo, el del decreto de las duchas calientes. ¿Qué da más miedo, un plutócrata que controla la mayor fuerza militar del planeta o un neoliberal que usa como arma los placeres humildes que en el primer mundo damos por sentado?
Sadismo en la ducha
Published 2 hours ago
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