
Menudo carrusel. En una semana, Donald Trump bombardea Caracas, secuestra un jefe de Estado, amenaza con anexionarse Groenlandia y entrar en Cuba, Colombia e Irán. Su policía política asesina a una mujer, ciudadana estadounidense, en Minneapolis. No es caos, es un sistema, el de un poder que muere si se detiene y solo conoce dos estados: avanzar o colapsar. Mientras la democracia se sostiene en la pausa institucional, el poder del autócrata lo hace en el movimiento. En la tradición liberal, el poder es un mal necesario: se limita, se canaliza, se justifica por el procedimiento y se ejerce para algo. Aquí el poder no gobierna: irrumpe. No administra: se impone. Es músculo en tensión permanente. Y un poder que solo existe para sí mismo necesita algo contra lo que existir: enemigos fuera para unificar, enemigos dentro para disciplinar. Los primeros legitiman la expansión; los segundos garantizan el silencio. Por eso Caracas y Minneapolis son estaciones de un mismo trayecto. Fuera, el autócrata con petróleo que estorba. Dentro, la ciudadana que observa y documenta. El mensaje es idéntico y brutal: quien desafía el monopolio del poder deja de ser sujeto político y pasa a ser un problema a resolver.
