
El paisaje tiene memoria. El peregrino comienza su recorrido en las alturas, donde la lluvia en verano es nieve. Roma es su final, un camino empedrado hasta la plaza que adquiere la forma de un abrazo. Le esperan columnas, fuentes de agua clara y una cúpula que dejó de verse hace muchos siglos porque la fachada de San Pedro no entendió que el arte, en voz baja, llega siempre antes al alma de los hombres. De este recorrido trata Días de sol y piedra, mi viaje en bicicleta por la Vía Francígena.
