
En la última tarde del año me cruzo con un grupo de adolescentes en el momento en el que uno de ellos dice: “Me voy a agarrar un pedal esta noche…” Lo dice con la misma neutralidad con la que informaría a los otros de que va a tomar un tren o a preparar unas oposiciones. Yo aprovecho esas horas de calma previas a la gran banacal para disfrutar el último silencio del año, que es un adelanto del que llegará mañana, cuando la quietud sea tan completa como la de un paseo por el campo, o por una ciudad deshabitada. En la primera mañana mucha gente se alivia la estridencia nocturna y la resaca con el kitsch lujoso del concierto de Año Nuevo en Viena. Yo prefiero adentrarme en esta especie de lago liso de silencio sabiendo bien que no habrá muchas oportunidades de que se repita en los próximos doce meses, a no ser que uno se retire en pleno campo, o a un pueblo como el que a mí me acoge estos días, en el que hasta los conatos de gran juerga quedan limitados por la media de edad de los habitantes, y quizás también por un sentido de la mesura que induce más a la celebración alimenticia y fraternal que al vandalismo alcohólico. En el pueblo la iluminación navideña es tan comedida como los vasos de plástico y los restos de cotillón que uno encuentra en la plaza de la iglesia al salir esta mañana. De noche, las estrellas de Belén y las guirnaldas de luces rojas y azules se dibujan contra el cielo muy oscuro en los callejones últimos que dan al campo. La plaza de la iglesia se abre a la vega y al horizonte de cerros y montes sucesivos como una de aquellas “altas barandas” de Granada que alentaban la imaginación visual de García Lorca. En la media mañana silenciosa el aire húmedo huele a humo de leña. Ahora me doy cuenta de que en este pueblo de nombre y topografía musulmana las calles estrechas ascienden por la ladera en cuestas difíciles como las del Albaicín, que está tan lejos. En calles así es fácil oír muy cerca pasos y voces de gente que uno no llega a ver. La escasez de los sonidos afila el oído. El viento suave y frío hace rodar vasos de plástico sobre las losas de la plaza.
